2 de mayo de 2026
Escucha a la entrevsita a Joaquín López,
Presidente de la Asoc Trébol, en Prog radial "Sumate Salta"
I. El programa de radio como campo de batalla
Hoy escucho la entrevista a Joaquín López en "Sumate
Salta" y no puedo dejar de tomar notas. Hay algo en este registro sonoro
que me sacude de una manera particular, quizás porque llevo años documentando las
formas en que el Estado salteño ejerce su poder no tanto por lo que hace, sino
por lo que deja de hacer. La omisión como política. El silencio como gestión.
Lo que Elias llamaría una figuración donde los más débiles quedan expuestos
precisamente en los intersticios que el poder decide no ocupar.
Joaquín habla desde un lugar que conozco bien: el del
activista que ha tenido que construir saber técnico para poder ser escuchado en
una sala donde la experticia es el único pasaporte legítimo. Corrige a la
anfitriona cuando ella dice "contagio" y él insiste en
"transmisión". No es pedantería. Es una operación política de primer
orden, porque el lenguaje construye realidad, y en materia de VIH esa realidad
puede ser la diferencia entre un diagnóstico temprano y una muerte evitable.
Tomo nota de ese gesto: la palabra justa como herramienta de resistencia.
II. Mayo de 2024: la fecha que ningún funcionario quiere
recordar
El Estado dejó de entregar preservativos en mayo de 2024. Un
año exacto antes de hoy. Lo escucho de la voz de Joaquín. ¿Cómo es posible que
una medida de tamaño impacto sanitario haya pasado casi sin ruido? Aquí
reconozco uno de los patrones que vengo documentando desde hace años: la
desinversión no se anuncia. No hay conferencia de prensa, no hay decreto, no
hay debate legislativo. Simplemente, un día los insumos dejan de llegar a los
centros de salud y nadie firma la resolución de ese abandono.
El resultado está en los números que Joaquín cita con la
precisión de quien lleva el registro que el Estado no hace: un aumento del
setenta por ciento en casos de sífilis. Diagnósticos de VIH en menores de
catorce años. Hombres de cincuenta a setenta años de clase alta que se infectan
y cuyas estadísticas nunca aparecen en los boletines oficiales porque atendidos
por obras sociales privadas quedan fuera del sistema de vigilancia
epidemiológica pública. El mapa de la epidemia tiene zonas ciegas, y esas zonas
no son accidentales: son el producto de una arquitectura de la invisibilidad
que protege a quienes tienen recursos y abandona a quienes no los tienen.
Pienso en todo lo que he registrado sobre la retirada del Estado
en la Salta de los últimos años, sus contradicciones, sus pobrezas múltiples,
sus liderazgos desgastados. Esta crisis sanitaria encaja en ese patrón con una
coherencia que me resulta dolorosa.
III. La metáfora del auto y la soberanía alimentaria
Hay dos imágenes en el discurso de Joaquín que me detienen.
La primera es la del cuerpo como automóvil: el diagnóstico temprano como la
detección de un ruido raro antes de que el motor falle. Es una metáfora eficaz
porque despoja al VIH de su carga moral y lo inscribe en el registro de la
mecánica, de la prevención técnica, del mantenimiento racional. Cualquier
persona que lleva el auto al taller antes de que se rompa puede entender la
lógica sin necesidad de que medie el estigma.
La segunda imagen me resulta más contundente aún: "un
paciente bien comido no muere". En cuatro palabras, Joaquín conecta la
epidemia del VIH con la crisis alimentaria, con la inflación, con la pobreza.
La medicación retroviral existe, está disponible en Argentina, pero un cuerpo
desnutrido no la procesa de la misma manera. La salud es sistémica, y esta
afirmación, dicha casi al pasar en una entrevista radial, contiene una crítica
estructural al modelo de gestión sanitaria que trata la enfermedad como un evento
biológico aislado y no como el resultado de condiciones materiales de vida.
Hay una continuidad que veo claramente entre esta
observación y mis registros sobre la relación entre pobreza estructural y
vulnerabilidad en Salta. El cuerpo enfermo no es una fatalidad: es la
consecuencia de decisiones políticas y económicas que alguien tomó, o que
alguien dejó de tomar.
IV. La sociedad civil como sustituto del Estado ausente
La Asociación Trébol no cobra nada por sus charlas. Va a los
colegios, a los centros vecinales, lleva la información donde el Estado debería
llevar también los insumos. Joaquín lo dice con una calma que oculta apenas la
exasperación: ellos hacen el trabajo territorial mientras el gobierno
provincial no compra los reactivos ni los preservativos.
Este esquema me resulta demasiado familiar. La sociedad
civil organizada funcionando como colchón de una desinversión que, de otro
modo, produciría un colapso visible y escandaloso. La ONG como amortiguador de
la crisis, lo que permite al Estado retirar recursos sin que el sistema estalle
de manera inmediata. Es una relación de interdependencia que Elias describiría
como una figuración asimétrica donde el poder simbólico de la denuncia no se
traduce automáticamente en poder material para cambiar las condiciones de
producción del problema.
La Asociación Trebol pidió informes de acceso a la
información pública para saber cuántos preservativos compró la provincia y qué
pasó con los reactivos de carga viral. La Ley de Información Pública como
herramienta de auditoría ciudadana. Es una estrategia que conozco bien y que
admiro en su persistencia, aunque sé también de su lentitud, de los plazos
incumplidos, de las respuestas que llegan incompletas o no llegan. La
burocracia como forma de resistencia del poder al escrutinio.
V. El machismo como vector epidemiológico
Hay un dato que la anfitriona introduce con visible
incomodidad y que Joaquín confirma sin rodeos: los hombres adultos, los de
cuarenta, cincuenta, sesenta años, los que pertenecen a sectores con cierto
poder adquisitivo, se resisten al uso del preservativo y terminan infectando a
sus parejas estables. El machismo como vector epidemiológico. La masculinidad
hegemónica como factor de riesgo silencioso.
Este nudo me interesa porque conecta la epidemia con una
discusión cultural más amplia que tampoco aparece en los boletines oficiales ni
en los planes de prevención. No alcanza con distribuir preservativos si la
construcción identitaria de ciertos varones los hace resistir su uso como si
portarlos implicara una amenaza a su virilidad. La educación sexual integral es
necesaria, pero tiene que llegar también a los adultos, no solo a los jóvenes,
y tiene que dialogar con las representaciones de género que organizan los
comportamientos de riesgo.
La anfitriona dice que "nuestros hijos a muy temprana
edad están empezando a despertar". La frase me llama la atención: ubica el
problema en los jóvenes, en su despertar sexual precoz, como si la solución
fuera retardar ese despertar antes que educarlo. Joaquín redirige suavemente:
el problema no es la sexualidad juvenil sino la ausencia de información y de
insumos. La diferencia de encuadre es significativa, y en ella se juega una
parte importante de la política de salud sexual que Salta necesita y todavía no
tiene.
VI. Lo que este registro me deja
Termino de escuchar la entrevista y quedo con una sensación
que reconozco: la mezcla de admiración por quienes sostienen el trabajo
cotidiano sin recursos ni reconocimiento institucional, y de una rabia
tranquila frente a la magnitud del abandono estatal que los obliga a hacerlo.
Un preservativo cuesta tres mil pesos. Un tratamiento
retroviral cuesta quinientos mil. La aritmética de la prevención es elemental,
y sin embargo el Estado provincial no compra preservativos desde hace un año.
Esta no es una discusión técnica ni económica en el fondo: es una discusión
sobre qué vidas merecen protección y cuáles pueden ser sacrificadas a la
omisión presupuestaria.
